domingo, 16 de marzo de 2014

¿Qué tan uribista, en realidad, ha sido el pueblo colombiano?

Casi nadie ha quedado contento con las últimas elecciones: ni los santistas, que apenas mantienen su mayoría casi que por milagro; ni los uribistas, que no fueron el fenómeno arrollador que pronosticaban todos los medios, sacando apenas la mitad de los votos que esperaban; ni mucho menos la izquierda, que tras toda clase de malabarismos políticos, obtuvo una exigua representación que la vuelve impotente y que quizás para lo único que sirva sea para legitimar esta excluyente “democracia” de fachada. Las cifras son elocuentes: hay 14 veces más parapolíticos en el parlamento que senadores y representantes de izquierda. Aun así es incorrecto hablar, como hacen no pocos columnistas, de que la sociedad colombiana es de “derechas”: los resultados electorales no reflejan mecánicamente la voluntad ciudadana, sino el acceso asimétrico a los medios y recursos, décadas de guerra sucia, amén de las conocidas prácticas clientelistas, intimidatorias y corruptas (desde la compra de votos hasta el entrañable chocorazo). Sin embargo, también es claro que una alternativa no se construye con los mismos métodos de toda la vida, que producen indiferencia, cuando no asco, en la inmensa mayoría de los colombianos. Nuevamente las cifras son elocuentes: el abstencionismo rondó en el orden del 60%, y de los votos emitidos, los nulos y blancos estuvieron en el orden del 20%, superior a los votos alcanzados por cualquier partido.

Independiente de las lecciones que la izquierda deba sacar de este proceso electoral para lograr la unidad popular e impulsar los cambios de fondo que el país necesita (algo que cada vez es más claro no será hecho en el terreno de los electoral), hay un fenómeno, más sociológico que político, que creo interesante desgranar. Me refiero al uribismo. Se ha convertido en un lugar común afirmar que Uribe es el “expresidente más popular de todos los tiempos” (algo que, de por sí, dice muy poco), afirmación en la que se dan la mano opinólogos, socialbacanos y derechistas. Estas nuevas elecciones han servido para que el uribismo mediático recargue sus baterías. Pero, ¿qué tan uribista ha sido el pueblo colombiano? Esta es una pregunta que no ha sido abordada de manera rigurosa por las ciencias sociales. Un infranqueable muro ideológico, tendido por la oligarquía y sus medios, ha hecho imposible esta tarea pues, por años, quienes cuestionábamos la supuesta idolatría generalizada a Uribe Vélez, éramos descalificados inmediatamente con toda clase de insultos y epítetos de la ultraderecha rancia, que van desde “mamerto” hasta “narcoterrotista”. Era impensable cuestionar las “verdades” producidas por Gallup, El Tiempo, El Espectador, Caracol, etc. Y una gran mayoría de los científicos sociales colombianos, también miembros de la élite de comparsa, fue cómplice, se silenció y no cumplió con su labor académica de cuestionar las “verdades incuestionables”. Hay buenas razones para ello, pues en ese mismo momento la persecución contra el pensamiento crítico alcanzaba su clímax con el montaje en contra de Miguel Ángel Beltrán y los recintos universitarios en todo el país se paramilitarizaban y llenaban de informantes. Los cuales siguen ahí.
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